Carta #9: La vara en el inframundo
Hice este recorrido de 350 kilómetros hasta mi ciudad natal porque, como bien sabés, mañana es día de elecciones en Argentina y nos toca ejercer nuestro deber ciudadano.
Hola Guada:
Respondo esta carta desde un paisaje distinto. Mientras tecleo, los crujidos del techo y el suelo de la casa en la que me crié sobresaltan mis recuerdos y mis sentidos. Cada vez que vengo acá siento una gran aprensión, una especie de rechazo absurdo por la confrontación y el abandono que permanecen en el ambiente desde la muerte de mi madre. Al mismo tiempo, no puedo evitar sentir cariño por estos muebles viejos y estas paredes de azulejos españoles. Cuando nadie me ve, me acerco para tocarlos, acariciarlos, absorber todos los recuerdos que en ellos habitan y conservarlos para siempre.
Hice este recorrido de 350 kilómetros hasta mi ciudad natal porque, como bien sabés, mañana es día de elecciones en Argentina y nos toca ejercer nuestro deber ciudadano.
Aunque hace ya catorce años que vivo en Mendoza (con la eventual escapada de año y medio viviendo en España), nunca hice el cambio de domicilio. Mis familiares y amigos me lo preguntan con reproche: “¿todavía no lo has hecho? ¿Qué estás esperando?”. Al principio me daba vergüenza mi dejadez. Pero empiezo a darme cuenta de que en realidad no lo quiero hacer, que disfruto de escaparme en soledad a mi tierra natal en nombre de un deber cívico.
Esto me hace acordar a esa conversación que tuve con una compañera española del Máster de la UAL, que me preguntó indignada por qué ya-sabemos-quién había ganado la presidencia argentina en 2023. Sintiéndome un poco increpada, elegí responderle desde la empatía por mi pueblo. Le dije que, aunque no compartía la elección de la mayoría, podía entender ese manifiesto reaccionario contra la deuda que históricamente el Estado le debía: una deuda de estabilidad, confianza y dignidad de vida.
Mientras le explicaba esto, su mirada brilló en un dejo de condescendencia y humor. Lo confirmé cuando me respondió: “Sí, tía, lo que tú quieras, pero yo creo que muchos sectores populares han dejado de participar políticamente, y eso deja que, ya sabes, la élite, tenga más peso en el resultado”.
Esto despertó mi ira.
Primero, porque mi ira tiene el sueño ligero.
Segundo, porque me di cuenta de que me había hecho esa pregunta únicamente para decirme la respuesta que ya se había dado a sí misma.
Pero sobre todo porque ella, una mujer blanca de clase media europea (que no es lo mismo que clase media latinoamericana) se atrevió a explicarme con total descaro cómo funciona mi propio país. ¡En su vida había pisado un país del tercer mundo, y mucho menos Argentina! Me acuerdo y me prendo fuego de rabia.
Porque Argentina podrá pecar de muchas cosas, pero no de falta de participación política. Eso dejáselo a los gringos y a los europeos. Acá el voto es universal, secreto y obligatorio, pero también es parte de nuestra identidad. Lo de “obligatorio” ya es casi simbólico, porque las consecuencias de no votar son nimias.
Los argentinos votamos por orgullo, y porque nos acordamos cómo era no poder hacerlo. La memoria colectiva permanece, si no en todas, al menos en estas cosas. Pocas veces he visto una elección con una participación menor al 75% de la ciudadanía. En la elección del 2023, según google, participó el 77%.
Por eso sigo viajando 350 kilómetros hasta esta casa que ya no se siente como un hogar, me quedo callada en la mesa familiar y voy a votar con mi padre a la misma escuela frente a la terminal de colectivos. Siento que es parte de mi identidad: el viaje, San Rafael y venir a votar.
Y hablando de identidad, te cuento que estoy leyendo un libro nuevo. Es una de las lecturas del taller que empecé el lunes pasado. Se llama Diario de una mudanza, de Inés Garland, una escritora y (por lo que leí hasta ahora) también traductora de textos argentina. Cuenta la historia de su menopausia.
Me gustó mucho, en principio, su estilo de escritura. Es una forma muy argentina de escribir. Usamos el español de manera descarada, visceral, embarrada, irrespetuosa. Me hizo pensar que a veces yo también escribo así y Chat GPT me hace limpiar el barro. Me enojé con Chat GPT, porque en realidad el barro me gusta.
Estoy un poco empapada de su estilo ahora. Me alegra, porque venía leyendo textos muy algorítmicos y había empezado a pensar en esos términos también. Términos pulcros. Aburridos.
Te dejo un ejemplo del libro de Garland, que me gustó por su fisicalidad:
Siempre hay algo que está mal. Llevo conmigo el deprecio, es como un órgano dañado.
Cuando leí este fragmento sentí que entró en mi cuerpo como una mano intrusa, y se soltó en el aire flotando como un poema.
En realidad, la palabra que pienso es “lingering”. Aunque es parecido, “flotar” tiene una connotación de separación del espacio, de negatividad con el ambiente. “Linger”, en cambio, se deshace, se funde, interviene en la alquimia de su contexto. No se me ocurre una palabra en español que equivalga en significado. El traductor me dice persistir, prolongar, sostener, pender. No es igual, ninguna es igual.
El inglés es marcial, pragmático, claro. Es también más despreocupado con las reglas. El español, en cambio, es sucio, musical, enredado. Este idioma se recrea en la construcción de significados apilando palabras unas sobre otras. Me gusta ese juego. El inglés no lo practica.
Nuestra lengua se entierra en la corporalidad de las cosas. No es sensual, sino sexual y penetrante. Incluso en la palabra “sensual” hay una sensación de algo que se puede agarrar, morder, apretar.
Me pregunto qué diferencias habría en un universo cultural dominado por el español. Donde la nación-cultura de referencia en materia de consumo no fuera la tierra del presidente naranja. No digo que sería mejor, sólo distinto.
La voz de mi padre aparece para responderme: ¿a quién le importa? El mundo es lo que es, y punto. Él también está tomado por el pragmatismo absoluto del inglés. Aunque calculo que no es solo esto lo que nos atraviesa, sino también el patriarcado. Vivimos en unos términos en los que lo único valioso es producir (el crecimiento económico del que hablábamos en cartas anteriores). ¿O eso es el capitalismo? ¿No es todo lo mismo?
Teneme paciencia, tengo un punto.
Diario de una mudanza se lee fácil. En una sentada llegué al 50% del libro. Cuando fui a actualizar el estado de mis lecturas en Goodreads me quedé leyendo las reseñas. Vi que mucha gente elogiaba a la autora con cierto recelo. Una chica escribió, y cito: “Es la vida de una cheta”.
No me había dado cuenta de eso. Tal vez porque yo también soy una cheta.
Empecé a prestar atención y me di cuenta de que Garland habla de viajes al exterior, de vender un departamento para comprarse una casa y de haber contratado una niñera para salir a cenar. Por otro lado, también habla de su trabajo de ocho horas y de sus domingos dedicados a leer y escribir (cosa que, dada su profesión, también es trabajo). No olvidemos que en su menopausia todavía trabajaba, porque su condición económica no le permitía una jubilación temprana.
¿Tan baja está la vara para los trabajadores que, aún cumpliendo con nuestra cuota diaria de fuerza de trabajo, no se nos permite ganar lo suficiente para viajar al exterior quince días al año? ¿No podemos tener propiedades ni permitirnos salir a cenar sin nuestros hijos?
No, no podemos. En 2025 ya no nos alcanza el presupuesto (sobre todo para lo último). Pero, además, es porque si lo hacemos nos volvemos ajenos a la explotación de las clases más bajas. Nos convertimos en “chetos”: ese híbrido desclasado que no es trabajador, pero ofrece su fuerza de trabajo; y no es dueño del capital, pero lo moviliza. La clase media independiente se mantiene en esa ilusión de pertenencia a algo mejor mientras sigue arriesgando sus recursos a los juegos de la macroeconomía y se ve despojada de derechos laborales. Estamos en el medio, no somos lo uno ni lo otro.
Y por eso votamos a Milei, y después a Cristina, y después otra vez a Milei, y la próxima vez probablemente a Cristina. ¿A dónde pertenecemos? No lo sabemos. Estamos confundidos.
Pero por lo menos votamos, un signo de que la resiliencia y la memoria todavía forman parte de nuestra identidad argentina.
(Puede que la vara esté en el inframundo, pero elijo ver el vaso medio lleno).
No sé cuándo te enviaré esta carta, aunque probablemente será después de que conozcamos los resultados de la votación. Cruzo los dedos por un futuro mejor.
Un abrazo,
Sofi.


